Si hay un lugar que me apeteciera conocer en el DF, este era La Casa Azul, la que fuera la vivienda de mi adorada Frida Kalho. Así que, en mi primer domingo en la ciudad, prontito en la mañana (el término "prontito" adquiere aquí un nuevo significado) nos dirigimos a Coyoacán (el lugar de los dueños de los coyotes), un barrio precioso, bohemio y alegre. El lugar donde Hernán Cortés estableció la sede de "La nueva España"
Una vez allí y, ya que llegamos antes de tiempo aprovechamos para desayunar en una esquina del parque. El nombre del restaurante: "la esquina de los milagros", un lugar encantador en el que la gente desayuna como campeones desde frijoles a tostadas francesas, y donde hay actuaciones musicales una detrás de otra con mejor o peor fortuna musical.
Tras el potente desayuno, nos encaminamos a la casa de Frida. Aguantamos una cola importante y por fin, entramos. Eso si, apercibidos de que no podemos comer chicle y que tenemos que pagar para hacer fotos.
Una vez cumplidas las normas, entramos en el mágico mundo de Frida: paredes azules dándonos la bienvenida, frases y "recaos" en las paredes:
"Pies, para que os quiero si tengo algas para volar"
Por toda la casa se siente su espíritu. Su dolor por sus embarazos fallidos, por las secuelas del terrible accidente que le provocó 32 operaciones, su infancia solitaria, sus sueños y deseos (aunque ella siempre decía que no pintaba sueños sino simplemente su vida), su adoración por Diego Rivera, sus inquietudes y todo su talento.
En la casa se pueden ver los corsés que tuvo que llevar durante toda la vida, sus maravillosos vestidos bordados de colores, sus pendientes largos, sus almohadones floreados. Dos relojes sobre una mesa rezan: "se rompieron las horas". Uno le recordaba uno de esos días trágicos en su vida, el que supo del engaño de Diego con su hermana Cristina. El otro, un día feliz, el de su segundo matrimonio con Rivera.
Entro en una inmensa habitación teñida de azul. Con una luz que casi daña de lo intensa. En la habitación está su silla de ruedas y el inmenso caballete de madera que le regaló Rockefeller. Cierro los ojos y no me cuesta creer a quienes dicen que por las noches se escuchan lamentos. Yo, de hecho, la siento alli. En su casa azul. En ese universo propio entre los colores de Coyoacán. Entre la multitud que la visita, el jaleo y el ruido. Ella sigue allí...

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